Leadership

El arte de conectar para liderar mejor

Fuente:
Antonio Vega Vidal, CEO Humaniza

Aunque no es lo habitual, sí ocurre con cierta frecuencia: tras asistir a la misma reunión, las personas salen con conclusiones distintas. 

Dentro de la sala, un directivo o mánager, presenta una nueva línea de trabajo. El mensaje está bien articulado. Tiene lógica, está ordenado, incluso resulta convincente. Durante la reunión, no hay señales de fricción. El equipo asiente, toma notas, interviene lo justo. Todo parece estar claro. Sin embargo, al trasladar ese mensaje a la propia ejecución, empiezan a aparecer desviaciones.

Uno interpreta que la prioridad es acelerar. Otro entiende que es necesario esperar a tener algo más de información. Un tercero reorganiza su trabajo en función de lo que cree que se ha pedido. Nadie ha entendido exactamente lo mismo. Y, sin embargo, todos han escuchado el mismo mensaje.

Lo que ha fallado no es la comunicación en su forma más evidente. Ha fallado algo más sutil: la conexión. Durante años se ha trabajado la idea de que comunicar bien consistía en estructurar correctamente el discurso. En ordenar las ideas, en elegir bien las palabras, en ser claros. Pero en entornos profesionales complejos, eso ya no es suficiente.

Porque las personas no escuchamos desde un punto neutro. Lo hacemos desde nuestros propios modelos mentales, nuestras experiencias previas, expectativas y sesgos. Por eso, el mensaje no se recibe tal y como se emite. Se interpreta.

Y en esa interpretación es donde se produce la mayor parte de las distorsiones. Conectar no consiste en simplificar el contenido ni en hacerlo más amable. Consiste en ajustarlo con precisión al interlocutor, sin perder su intención.

Y hacer eso implica observar cómo procesa la información la otra persona. Detectar qué le resulta relevante, identificar dónde puede haber ambigüedad, aunque no se verbalice. Y, sobre todo, implica renunciar a una idea cómoda pero inexacta: que un mensaje bien construido es, por sí mismo, suficiente.

Cuando no hay conexión, el impacto no siempre es inmediato, pero sí constante. Aparecen reprocesos, se generan malentendidos, las decisiones se ralentizan porque requieren aclaraciones posteriores.

Y cuando esto sucede no es consecuencia de un problema de capacidad, sino de sincronía. Los líderes que consiguen resultados sostenibles no son necesariamente los que mejor se expresan, sino los que mejor calibran el efecto de lo que dicen. Los que entienden que comunicar no es emitir un mensaje, sino asegurarse de que ese mensaje produce exactamente el resultado que se busca.

Porque entre lo que se dice y lo que el otro entiende no hay una línea directa, hay un espacio, y es en ese espacio donde se juega la eficacia del liderazgo.