Leadership

La conversación que nadie quiere tener

Fuente:
Antonio Vega Vidal, CEO Humaniza

La escena es habitual, aunque pocas veces se reconoce como un problema. Un responsable detecta que algo no está funcionando. No supone un error crítico, y tampoco es una situación urgente. Es algo más sutil: una forma de hacer que no termina de encajar, una actitud que empieza a repetirse, un pequeño desajuste que, por sí solo, no parece muy relevante.

Lo ve. Lo identifica y, sin embargo, no actúa.

¿Por qué?: «No es el momento»; «No quiero generar tensiones innecesarias»; «Prefiero esperar a tener más información, o a que la situación se aclare por sí sola»

En ese intervalo —que puede ser de días o de semanas— ocurre algo importante: el problema, lejos de desaparecer, se consolida.

Y cuando finalmente se decide abordarlo, la conversación ya no tiene el mismo punto de partida. Ya no es una conversación preventiva, es correctiva. No es ligera, se ha transformado en algo más denso. No sirve para abrir posibilidades, más bien las limita.

Lo que ha fallado no es el feedback, es el momento en el que se decidió no ofrecerlo.

En muchos equipos la dificultad no está en saber qué decir, sino en sostener la incomodidad de decirlo a tiempo. Y esa incomodidad, aunque se perciba como algo menor, tiene consecuencias acumulativas.

Porque el feedback no es una herramienta diseñada para corregir desviaciones una vez que estas se han producido. Es, sobre todo, una herramienta para evitar que esas desviaciones se conviertan en patrones.

Por eso, cuando llega tarde, pierde precisión; cuando se acumula, pierde foco y cuando se suaviza en exceso, pierde utilidad.

Y, sin embargo, sigue siendo una de las competencias menos entrenadas en liderazgo. Quizá porque implica algo más complejo que comunicar: implica posicionarse, decidir qué merece ser dicho y asumir el impacto de esa conversación que puede generar incomodidad en el otro y también en uno mismo.

Por eso, dar feedback no es solamente una habilidad comunicativa, es un ejercicio de criterio.

Y el criterio, en liderazgo, no se demuestra en las grandes decisiones estratégicas, sino en esas micro decisiones cotidianas que determinan cómo se construyen —o se erosionan— las relaciones de trabajo.

Hay, además, un elemento que suele pasarse por alto: el silencio no es neutro.

Cuando algo que debería decirse no se dice, el mensaje que se transmite no es ambigüedad, es validación. Validación de comportamiento, de la situación, incluso se valida una forma de funcionar que quizá no es la deseada. Y revertir eso más adelante siempre es más costoso.

En entornos de alta exigencia, donde la agilidad y la autonomía son críticas, esa falta de claridad tiene un impacto directo en la calidad del trabajo, no tanto en el corto plazo –donde muchas veces pasa desapercibida– pero sí en la consistencia, en la confianza y en la capacidad del equipo para autorregularse.

Pero no nos confundamos, dar feedback no es intervenir constantemente. Es intervenir con criterio. Es elegir el momento en el que la conversación todavía construye, en el que aún es ligera y todavía abre posibilidades en lugar de cerrarlas.

Ahí es donde el feedback deja de ser una herramienta reactiva y se convierte en una práctica de liderazgo.

Y como toda práctica, no se mide por la intención, sino por la precisión con la que se ejerce. Porque lo que no se dice a tiempo no sólo no mejora, sino que suele volverse más difícil de abordar después.

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